Comparto después de unos muy buenos años de silencio, el siguiente cuento con el que participe en el Concurso Nacional de Cuento en su versión del 2012. Un abrazo.
Abro mis ojos y continua oscuro. A mi lado esta ella, la puedo sentir, la puedo oler; el calor que irradia su cuerpo es una sensación placida que arrebata mis temores, los envía lejos de mi corazón e ilumina mis amaneceres. Me despido de la sabana incorporándome lentamente y quedando sentado en el lecho. La bruma no desaparece pero tampoco se extinguen los colores de sus líneas y pienso en todo cuanto conozco de ella gracias a mis manos –bella virtud del tacto- que la recorren con cuidado, con calma, con la misma calma con la que atraviesa la Luna ese lienzo de estrellas que conforman el firmamento. Sin embargo hoy en día ya no me atrevo a mirar el cielo y sus estrellas, prefiero compartir junto con ellas el oscuro mágico de la noche.
Me pongo de pie con cuidado de no despertarla. El tapete que esta al lado de la cama me da el horizonte para poder dirigirme al baño. Siento el frío marco de la puerta que me hace tiritar un poco, doy dos pasos mas y percibo el ambiente congelado de la habitación. Medio giro a la izquierda y mi mano derecha siente la porcelana de la superficie lisa del lavamos. Giro la llave del grifo que le da la salida al vital líquido, que corre ligero entre mis desnudas manos. Bebo un poco y el placer de saciar mi sed es enorme; y luego sin cerrar el grifo tomo una buena cantidad de agua y la esparzo en mi rostro con paciencia de disfrutar el momento en que se humedece mi piel, mis labios, mi nariz, mis ojos y luego de un efímero instante el liquido deshace su toque sutil en pequeñas gotas que caen y ruedan por la cañería.
Cierro la llave y mis manos caminan por las losas de la pared hasta la almidonada toalla, que suave recoge la humedad de mi rostro dejándome con una placida sensación de limpieza. Dejo la toalla en su lugar y me empiezo a desnudar. Me despojo de la camisa y del pantalón, tratando de dejar las prendas dobladas aunque no estoy muy seguro de lo bien que hice esa tarea, aun así las deposito en la tapa del sanitario y con un lento pero seguro movimiento deslizo la ligera puerta de la ducha, esta suena un poco pero no lo suficiente como para perturbar la calma que me rodea. Pero me detengo antes de dar el primer paso y me tomo unos segundos para tratar de escuchar algún sonido fuera de la habitación. Nada, el silencio tal como la penumbra es imperturbable. Dos pasos y estoy dentro de la ducha, cierro con cuidado la totalidad de la puerta, giro el grifo y el agua corre veloz sobre todo mi cuerpo. Me apoyo en la pared levantando la cabeza para quedar bajo el flujo del agua y poder sentir como los hilos fríos acarician mis ojos que abiertos no perciben ninguna clase de incomodidad, pero sí me hacen soñar con una lluvia de cristales que logran atravesar la espesura de la noche como poderosos jinetes de plata que no temen a la atrofia de mis sentidos.
Pierdo el paso del tiempo, y ya sin el sonido de la ducha me dispongo a secar mi cuerpo. Corro con delicadeza la puerta nuevamente, y llevo mi mano a mis prendas de vestir, trato rápidamente de quitar la humedad de mi piel y salir del baño, recordé la fecha, Domingo y no veo la necesidad de afeitarme, aunque hace un buen tiempo atrás muchas cosas se habían hecho realmente innecesarias. Lo evidente para ellos, era poco claro para mí, ya no creía mucho en ese nuevo amanecer que me habían hecho creer.
Hola – escuche mientras meditaba- no sentí cuando te levantaste… Es muy temprano aun, ni siquiera ha salido… -y se silenció de repente-
El sol querida… no, aun no ha salido, solo quise darme una ducha, me sentí un poco incomodo por el sudor y no quería empezar a dar vueltas en la cama e incomodarte.
¡¡¡El sol, como lo notaste!!! –Grito exaltada- Como sabes que el sol no ha salido mi amor, ya… ya sucedió…
No mi vida, es solo que no he sentido su calor, -respondí- sus rayos todavía no han calentado mi piel, creo que ese amanecer esta solo en la mente de los especialistas. La espesa oscuridad es mi única luz ahora.
Fin
Abro mis ojos y continua oscuro. A mi lado esta ella, la puedo sentir, la puedo oler; el calor que irradia su cuerpo es una sensación placida que arrebata mis temores, los envía lejos de mi corazón e ilumina mis amaneceres. Me despido de la sabana incorporándome lentamente y quedando sentado en el lecho. La bruma no desaparece pero tampoco se extinguen los colores de sus líneas y pienso en todo cuanto conozco de ella gracias a mis manos –bella virtud del tacto- que la recorren con cuidado, con calma, con la misma calma con la que atraviesa la Luna ese lienzo de estrellas que conforman el firmamento. Sin embargo hoy en día ya no me atrevo a mirar el cielo y sus estrellas, prefiero compartir junto con ellas el oscuro mágico de la noche.
Me pongo de pie con cuidado de no despertarla. El tapete que esta al lado de la cama me da el horizonte para poder dirigirme al baño. Siento el frío marco de la puerta que me hace tiritar un poco, doy dos pasos mas y percibo el ambiente congelado de la habitación. Medio giro a la izquierda y mi mano derecha siente la porcelana de la superficie lisa del lavamos. Giro la llave del grifo que le da la salida al vital líquido, que corre ligero entre mis desnudas manos. Bebo un poco y el placer de saciar mi sed es enorme; y luego sin cerrar el grifo tomo una buena cantidad de agua y la esparzo en mi rostro con paciencia de disfrutar el momento en que se humedece mi piel, mis labios, mi nariz, mis ojos y luego de un efímero instante el liquido deshace su toque sutil en pequeñas gotas que caen y ruedan por la cañería.
Cierro la llave y mis manos caminan por las losas de la pared hasta la almidonada toalla, que suave recoge la humedad de mi rostro dejándome con una placida sensación de limpieza. Dejo la toalla en su lugar y me empiezo a desnudar. Me despojo de la camisa y del pantalón, tratando de dejar las prendas dobladas aunque no estoy muy seguro de lo bien que hice esa tarea, aun así las deposito en la tapa del sanitario y con un lento pero seguro movimiento deslizo la ligera puerta de la ducha, esta suena un poco pero no lo suficiente como para perturbar la calma que me rodea. Pero me detengo antes de dar el primer paso y me tomo unos segundos para tratar de escuchar algún sonido fuera de la habitación. Nada, el silencio tal como la penumbra es imperturbable. Dos pasos y estoy dentro de la ducha, cierro con cuidado la totalidad de la puerta, giro el grifo y el agua corre veloz sobre todo mi cuerpo. Me apoyo en la pared levantando la cabeza para quedar bajo el flujo del agua y poder sentir como los hilos fríos acarician mis ojos que abiertos no perciben ninguna clase de incomodidad, pero sí me hacen soñar con una lluvia de cristales que logran atravesar la espesura de la noche como poderosos jinetes de plata que no temen a la atrofia de mis sentidos.
Pierdo el paso del tiempo, y ya sin el sonido de la ducha me dispongo a secar mi cuerpo. Corro con delicadeza la puerta nuevamente, y llevo mi mano a mis prendas de vestir, trato rápidamente de quitar la humedad de mi piel y salir del baño, recordé la fecha, Domingo y no veo la necesidad de afeitarme, aunque hace un buen tiempo atrás muchas cosas se habían hecho realmente innecesarias. Lo evidente para ellos, era poco claro para mí, ya no creía mucho en ese nuevo amanecer que me habían hecho creer.
Hola – escuche mientras meditaba- no sentí cuando te levantaste… Es muy temprano aun, ni siquiera ha salido… -y se silenció de repente-
El sol querida… no, aun no ha salido, solo quise darme una ducha, me sentí un poco incomodo por el sudor y no quería empezar a dar vueltas en la cama e incomodarte.
¡¡¡El sol, como lo notaste!!! –Grito exaltada- Como sabes que el sol no ha salido mi amor, ya… ya sucedió…
No mi vida, es solo que no he sentido su calor, -respondí- sus rayos todavía no han calentado mi piel, creo que ese amanecer esta solo en la mente de los especialistas. La espesa oscuridad es mi única luz ahora.
Fin